“...Era un guapo muchacho de ojos
soñadores, pero una lengua increíble. Siempre estaba repleto de bromas y chistes, y sabía reír con tal ligereza, que había
que reír con él, se quisiera o no. Se
llamaba Girolamo, pero todos lo llamaban Gigi.
Como al viejo Beppo lo hemos
llamado según su profesión, haremos lo mismo con Gigi, aunque no tenía ninguna
profesión precisa. Lo vamos a llamar,
pues, Gigi Cicerone. Pero ya queda dicho que la de cicerone sólo
era una de las muchas profesiones que ejercía según la ocasión, y no lo era, ni
mucho menos, de modo oficial.
El único requisito que tenía para ejercer esa actividad era una gorra
de plato. Se la ponía en cuanto veía aparecer, de tarde en tarde, algún grupo
de viajeros que se había perdido por ese barrio. Se acercaba a ellos con la cara seria y se ofrecía a
guiarlos y explicarles todo. Si los
forasteros estaban de acuerdo, se disparaba y les contaba los cuentos de Calleja. Punteaba su relato de acontecimientos, nombres y fechas
inventados, de tal manera que los pobres oyentes quedaban totalmente
confusos. Algunos se daban cuenta y se marchaban enfadados. Pero la
mayoría se lo creía y se lo retribuían cuando Gigi pasaba la gorra, al final.
La gente de los alrededores se reía de las invenciones de Gigi, pero
algunos ponían caras censoras y opinaban que no estaba bien que aceptara dinero
a cambio de historias que, al fin y al cabo, había inventado.
—Eso lo hacen todos los poetas —decía a eso Gigi—. ¿Y acaso la gente no
ha recibido nada a cambio de su dinero?
Yo os digo que han recibido exactamente lo que querían. ¿Y qué importa que lo que yo cuente esté o no escrito en algún libro muy
sabio? ¿Quién os dice a vosotros que las historias que ponen en los libros
sabios no sean inventadas, sólo que nadie se acuerda ya?
Otra vez decía:
—¿Quién sabe lo que es cierto y lo que no? ¿Quién puede saber lo que ha
ocurrido aquí hace mil o dos mil años? ¿Lo sabéis vosotros?
—No —reconocían los demás.
—¡Lo veis! —exclamaba Gigi Cicerone—. ¡Cómo podéis decir vosotros que las
historias que yo cuento no son verdad! Puede ser que, casualmente, haya
ocurrido tal como yo lo cuento. Entonces he dicho la pura verdad.”
Extracto de "Momo" de Michael Ende
No hay certezas, no hay acceso a la verdad.
Guada.
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